¿Qué hacemos con los residuos radiactivos?

¿Qué hacemos con los residuos radiactivos?

El principal argumento en contra del uso de la energía nuclear se centra en esto: ¿qué hacemos con los residuos radiactivos? La larga vida de los restos y su complicada gestión se unen a dos experiencias traumáticas que el imaginario colectivo tiene muy presentes: el uso con fines bélicos en Hiroshima y Nagasaki, en Japón, y el incidente de Chernóbil, en Ucrania.

Sin embargo, en España, todos los residuos radiactivos están claramente inventariados, se conoce con exactitud dónde y quién los genera, y están bajo las constantes miradas de Enresa, la empresa estatal que gestiona los restos, y el Centro de Seguridad Nuclear. Los protocolos de garantía son altos: España es el país más avanzado del mundo en materia de protección radiológica.

            

¿Qué es un residuo radiactivo? No sólo el combustible gastado de una central nuclear, sino cualquier material de desecho para el que no está previsto ningún uso y que contiene niveles de radiactividad superiores a los reflejados en la legislación. Existen dos tipos de residuos: los de baja y media radiactividad, y los de alta. En España, se producen anualmente 1.700 toneladas, lo que equivale a cuarenta gramos por persona.

La radioactividad está presente en todas partes, no sólo tiene un origen artificial, sino también natural: en la corteza terrestre, en la atmósfera e, incluso, en las personas. Todos tenemos potasio radiactivo en nuestro organismo a niveles ínfimos.

De cualquier manera, los residuos de baja radiactividad, el 95% del total de los que se producen, proceden de la actividad de centrales nucleares, hospitales, laboratorios y centros de investigación. La retirada y acondicionamiento de estos desechos forma parte de un proceso tecnológico resuelto y operativo en España: Enresa cuenta con el Almacén Centralizado de El Cabril, en Córdoba.

Este tipo de restos están constituidos, en su mayoría, por líquidos, herramientas usadas en centrales, material médico y remanentes de laboratorios. Tienen una vida máxima de 300 años y su gestión está solucionada hasta 2025, momento en el que El Cabril alcance su tope.

Los residuos de baja y media actividad se introducen en un lecho de hormigón en el interior de bidones, y se transportan en camiones diseñados para asegurar el traslado hasta el almacén. Enresa lleva a cabo trescientos transportes al año.

Una vez en El Cabril, los bidones se descargan por control remoto y se introducen en cubos de hormigón. En cada cubo, sellado con mortero, caben 18 barriles. A su vez, 320 cubos se introducen en una estructura de almacenamiento con paredes de hormigón. El centro cordobés tiene capacidad para 28 de estos armazones.

Cuando El Cabril haya alcanzado su tope de almacenamiento, se cubrirá el conjunto con estructuras drenantes y, después, con una cobertura de tierra vegetal. Además, se integrará en el paisaje con la plantación de especies autóctonas. Desde ese momento, se pondrá en marcha un programa de control y seguimiento. Deberá ponerse en macha entonces otra instalación, cuyo emplazamiento aún está por determinar.

Pero hay otro tipo de residuos cuya gestión es un poco más delicada: los de alta radiación. Éstos proceden del combustible gastado por las centrales nucleares. Representan el 5% de la producción, y al año se generan 160 toneladas. Hasta ahora, se almacenan en las piscinas de las centrales nucleares, a la espera de la creación de un almacén centralizado (ver noticia relacionada).

En la gestión de estos desechos existen dos etapas: una temporal, para la que hay tecnologías disponibles y con experiencia operativa; y una fase final que está en fase de investigación. La complejidad de una solución final para estos residuos de larga vida (miles de años), tanto desde un punto de vista técnico como de aceptación social, ha dificultado el desarrollo de programas definitivos.

OBJETIVO

En materia de seguridad, el objetivo al tratar estos residuos es proteger a las personas y al medio ambiente de los efectos nocivos de las radiaciones ionizantes ahora y en el futuro, sin que supongan cargas indebidas para las generaciones futuras, apuntan desde el CSN, el Centro de Seguridad Nuclear.

Este objetivo ha sido regulado en una serie de principios de protección y bases éticas y medioambientales desarrollados por organismos internacionales como CIRP (Comisión Internacional de Protección Radiológica), OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica), OCDE/AEN (Agencia para la Energía Nuclear de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico) y la CE (Comisión Europea).

En España, el CSN es el gran hermano de los residuos radiactivos. Entre las misiones encomendadas a este organismo se encuentra la de supervisar las medidas de protección radiológica del público y del medio ambiente, así como controlar y vigilar las descargas de materiales radiactivos al exterior de las instalaciones nucleares y radiactivas.

También se encarga de la calidad radiológica del medio ambiente en todo el territorio nacional, en cumplimiento de las obligaciones internacionales de España en esta materia, así como colaborar con las autoridades competentes en los aspectos de vigilancia radiológica.

Además, “desde hace ya diez años, en España a raíz del incidente de Acerinox (un incidente de contaminación radiactiva que ocurrió en Huelva en 1998), se firmó un Protocolo Voluntario por parte de las diversas administraciones y los sectores afectados en el que se establecieron los medios y mecanismos para vigilar los materiales metálicos, lo que ha situado a España como el país más avanzado del mundo en materia de protección radiológica”, explica Alicia García-Franco, directora general de la Federación Española del Reciclaje. García-Franco explica que “cuando se da la situación de que no se gestiona de manera adecuada una fuente radiactiva, son las empresas del sector recuperador, fundidor y siderúrgico las que, en defensa de los intereses generales, asumen la obligación de gestionarla”.

De cualquier manera, la seguridad en la administración de los residuos radiactivos no impide que haya un cierto rechazo social. Desde el sector, opinan que hay una solución: “Es la transparencia y el conocimiento. La sociedad tiene que conocer todos los pros y los contras de la utilización de la radioactividad. Todo el mundo debe ser consciente de los beneficios que genera su uso y de los perjuicios. No hay duda de que la falta de conocimiento sobre la radioactividad genera alarma en las personas”, concluye García-Franco.

DE UN VISTAZO

 

Un residuo radiactivo es cualquier material de desecho para el que no está previsto ningún uso y que contiene niveles de radiactividad superiores a los reflejados en la legislación.
El Fondo para el plan general de Residuos Radiactivos financia las inversiones y actividades propias de la gestión de desechos y, con el excedente, se hace frente a los costes futuros de la gestión. Cuenta con 2.191 millones.
La principal fuente de alarma social y rechazo de la energía nuclear es el desconocimiento de la radiactividad, usos y gestión de residuos. España es el país más avanzado en materia de protección radiológica.
En matera de seguridad, el principal objetivo al tratar los desechos radiactivos es proteger a las personas y el medio ambiente de los efectos nocivos de las radiaciones.

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